17 Mar 2026

Le damos la bienvenida a nuestro nuevo Laboratorio de Virus Emergentes

Recién llegada de Estados Unidos, en donde investigó durante ocho años en el Albert Einstein College of Medicine de Nueva York, la bióloga María Eugenia Dieterle se incorpora a nuestra Fundación para dirigir su propio grupo de investigación, que hará foco en bunyavirus, el grupo mas grande de virus de ARN a la que pertenecen los hantavirus. Para acceder al cargo, la científica pasó por un riguroso proceso de selección realizado por un comité interno y otro externo a la institución.

Una de las metas de María Eugenia Dieterle es generar una plataforma para producir anticuerpos monoclonales a partir del suero de pacientes convalecientes de hantavirus.

Nacida y criada en Sierras Bayas, una localidad de unos 4000 habitantes perteneciente al partido de Olavarría, en el centro de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Dieterle se recibió de Bióloga en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, donde también hizo su doctorado. Aunque siempre había pensado que lo suyo iría por el lado de la ecología, su interés por entender cómo funcionan las cosas y el desarrollo de herramientas que permitan explorar y tratar de resolver situaciones desvió su camino hacia la biología molecular. En su búsqueda por aportar soluciones a necesidades del país decidió investigar sobre los hantavirus, responsables de una enfermedad infecciosa de alta letalidad que se transmite a los seres humanos a través de la orina, saliva y heces de roedores silvestres, y que este verano volvió a encender las alarmas en el país.

“Sabía que quería hacer un posdoctorado en el exterior sobre virus emergentes, y que, en el día de mañana, cuando volviera, tuviera impacto local. A fines de 2018 ocurrió un brote de hantavirus en Epuyén, Chubut, que causó la muerte de 11 personas y me terminó de convencer. El mundo de los hantavirus y de la gente que trabaja en él es bastante chiquito, pero encontré un laboratorio en Nueva York que se especializaba en ese y otros bunyavirus, como se llama a la clase a la que pertenecen. Y allá fui”, cuenta Dieterle, que regresó al país para establecer el Laboratorio de Virus Emergentes en nuestra Fundación justo cuando el hantavirus volvió a ser noticia porque en lo que va de la temporada 2025/2026 ya se notificaron 24 fallecidos en el país, con una letalidad del 30%; la más elevada de los últimos ocho años, según el último Boletín Epidemiológico Nacional.

El laboratorio elegido entonces fue el que dirigía –y dirige– Kartik Chandran, experto en virus emergentes del Albert Einstein College of Medicine de Nueva York, que trabaja particularmente sobre las glicoproteínas de los bunyavirus (presentes en la superficie viral) y busca entender cómo esos virus ingresan a las células; también, desarrollar posibles terapias con anticuerpos monoclonales para tratar la enfermedad una vez declarada.

Al mes de haberse sumado al grupo de Chandran, Dieterle obtuvo la beca Pew a la que se había postulado con un proyecto para estudiar cuáles son los receptores que usan los hantavirus para entrar en la célula del hospedador. Un gran logro que en ese momento la ayudó a instalarse en Nueva York y, ocho años después, le permitió regresar a la Argentina equipada con todo lo necesario para iniciar su propio laboratorio, ya que los becarios reciben un subsidio especial cuando vuelven a sus países de origen.

Junto con el grupo de Chandran, primero descubrieron que los denominados hantavirus del nuevo mundo, al que pertenece el virus Andes utilizan un receptor que se llama protocadherina-1 o PCDH1. Faltaba saber qué otros hantavirus usan este y otros receptores descriptos con anterioridad. Pero tenían una limitación: para trabajar con esos patógenos se necesitan laboratorios de bioseguridad de tipo BSL3 –son agentes infecciosos que pueden ser potencialmente letales y se transmiten por vía respiratoria–, algo que no es muy accesible.

Resolvieron esa situación creando un sistema que se basa en un virus de la estomatitis vesicular (VEV), que es frecuente en el ganado, al que a través de genética reversa le quitan las secuencias que codifica para las glicoproteínas (están en la cara externa del virus) y las reemplazan por aquellas que quieren estudiar. “De esa manera, ya no es riesgoso porque del hantavirus solo tiene lo que está en la superficie. Eso nos facilitó la posibilidad de investigar cómo este virus entra a las células y, a la vez, generar posibles herramientas para evitar que ingrese y replique”, explica Dieterle.

En eso estaba cuando se declaró la pandemia de COVID-19 y todo quedó en pausa. “Fue una etapa muy dura pero, al mismo tiempo, tuvo un impacto fuerte en mi carrera”, enfatiza Dieterle. “Aprendí mucho sobre cómo responder en situaciones extremas y nunca me había pasado en la vida de estar trabajando en algo que se necesitaba para ayer”, describe sobre la urgencia con la que un pequeño grupo de su laboratorio empezó a investigar sobre el SARS-Cov-2. Aplicando la misma tecnología con la que venían trabajando, transfirieron las glicoproteínas spike del virus que tenía en vilo al planeta al de la VEV y crearon un coronavirus “sustituto” que permitió estudiarlo de forma más segura. Luego lo utilizaron para el desarrollo de anticuerpos monoclonales anti-spike.

“Para nosotros fue una herramienta increíble y además muchos laboratorios del mundo nos la empezaron a pedir para investigar un virus que generaba mucho temor y del que sabíamos poco”, recuerda y resalta: “Fueron dos años de sentir que hacíamos cosas con impacto inmediato. La adrenalina fue increíble”.

De regreso

Cuando pasó la vorágine, Dieterle decidió continuar sus estudios sobre los bunyavirus y empezó a construir sus propias líneas de investigación, que luego buscaría seguir trabajando en Argentina. “Una era de biología molecular básica: entender cómo estos virus, que incluyen al hantavirus, transcriben y traducen sus proteínas”.

La científica explica que esos patógenos usan un mecanismo que se llama “cap- snatching”, que ocurre al inicio de la transcripción y consiste en “robarle” ARN a la célula que invaden para usarlo a su favor y producir proteínas virales que le permiten avanzar con la infección. “Cómo funciona eso, dónde y cuándo lo hacen, son preguntas que nadie sabe responder”, aseguró Dieterle, que pasó de tratar de entender cómo ingresan estos virus a las células a averiguar qué ocurre una vez que ya entraron. Todo un desafío porque es algo de lo que se conoce poco y no disponía de las herramientas necesarias para iniciar el trabajo.

Su otra línea de investigación se basaba en el desarrollo de nuevas terapias: “Busco generar anticuerpos monoclonales con función intracelular que reconozcan proteínas virales conservadas. Esto reduciría el problema de resistencia cuando aparecen mutaciones y tiene potencial de reconocer diferentes variantes virales. Es algo innovador, ya que una de las normas de la biología es que los anticuerpos no están dentro de las células”, señala.

Si bien Dieterle avanzaba por su cuenta en esos temas que le interesaban, le faltaba dar el salto y armar su propio laboratorio. Fue Daniela Di Bella, flamante jefa de nuestro Laboratorio de Identidad y Desarrollo Neuronal, quien le mencionó el concurso abierto para nuevos jefes de laboratorio en nuestra Fundación. Ambas habían obtenido la beca Pew en el mismo año y aunque estaban en distintas ciudades y trabajaban en áreas muy diferentes, se fueron haciendo amigas. Después de un riguroso proceso de evaluación realizado por un comité interno y otro externo a la institución, ambas quedaron seleccionadas y encararon el proceso de la mudanza de regreso juntas.

“La Fundación Instituto Leloir es una de las instituciones científicas más reconocidas en el país, con un enorme prestigio. Además, para mí, que hago virología, estar en el mismo lugar que Andrea Gamarnik (N de la R: reconocida viróloga especializada en dengue) es una inspiración”, resalta la científica.

“Una de mis metas es generar una plataforma para producir anticuerpos monoclonales a partir del suero de pacientes convalecientes. La idea es que no sea solo para hantavirus, sino también expandirlo a otros virus que son relevantes para la región, como el virus Junín y el oropuche”, asegura Dieterle, quien para este proyecto colaborará con el ANLIS-Malbrán.

Dieterle menciona que está especialmente agradecida a la Fundación Williams que, en el marco de su objetivo por impulsar la plataforma de la FIL que promueve la investigación en enfermedades infecciosas en la Argentina, le otorgó un subsidio startup para colaborar con la instalación de su laboratorio.

Desde el momento en el que aplicó –a fines de 2022– hasta que concretó su regreso al país pasaron muchas cosas y por momentos sus planes zozobraron. “Se demoró mi regreso porque se empezó a dificultar la situación de la ciencia y la educación. Por ejemplo, obtuve el puesto de investigadora adjunta del CONICET, pero todavía no me adjudicaron el cargo”, menciona Dieterle, que cuenta que una de las cosas que la animaron a dar el salto a pesar de la incertidumbre fue un encuentro con jóvenes investigadores de la FIL en un congreso de virología en Estados Unidos.

“Me dieron un impulso enorme porque me contaban con mucho entusiasmo la ciencia que hacían y sentí que a mí me encantaría trabajar con chicos así, con tanta garra y pasión. Pensé que si ellos podían valía la pena que yo lo intentara”