Despedimos a Ricardo Wolosiuk con un homenaje en el que participaron su familia, ex colaboradores y amigos
El ex presidente de nuestro Consejo de Administración y jefe del Laboratorio de Biología Vegetal hasta 2015 falleció el 12 de septiembre. Querido y respetado por todos lo que lo conocieron, siempre será una figura entrañable dentro de nuestra historia institucional.
El 12 de septiembre falleció Ricardo Wolosiuk, investigador superior del CONICET, ex presidente del Consejo de Administración de nuestra Fundación y hasta 2015 jefe del Laboratorio de Biología Vegetal, donde con su grupo hizo descubrimientos pioneros sobre la fotosíntesis. Su compromiso a la hora de investigar, tanto como con nuestra institución desde un lugar más administrativo, fue enorme y su legado siempre estará presente. Por eso quisimos despedirlo con un sencillo pero sentido homenaje, en el que estuvo presente su familia, y donde sus antiguos colaboradores lo recordaron con admiración y cariño.
“Él estaba en el laboratorio 206 y yo hice mi doctorado en el 207, así que era muy común que nos cruzáramos. Un químico increíble; el único que tenía algunas respuestas químicas o bioquímicas a preguntas sumamente difíciles”, comenzó recordándolo Angeles Zorreguieta, antes de citar una frase de Wolosiuk sobre los becarios: “Contamos con una juventud brillante. Necesitamos convencerla y retenerla”. “Qué actual, ¿no? 'Wolo' dijo esto hace más de 20 años y es algo que sigue estando muy vigente”, señaló Zorreguieta.
Mientras recorría con imágenes en una pantalla grande la historia del investigador, nuestra directora aprovechó para leer los cariñosos mensajes que hicieron llegar ex colaboradores, discípulos y amigos; entre ellos, Jorge Casal, Alejandro Heuck, Alberto Kornblihtt y Miguel A. Ballicora.
Luego tomó la palabra Armando Parodi, investigador emérito de nuestra Fundación. “Es una tarea agradable y penosa a la vez recordar hoy a Ricardo”, comenzó y contó que lo conoció cuando eran estudiantes universitarios. “Los dos nos recibimos de químicos en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. En un momento, ambos fuimos candidatos del centro de estudiantes en listas totalmente opuestas y los dos salimos elegidos para algún cargo; ahí nos hicimos muy amigos. En esa época no había grieta, pero, además, era imposible no llevarse bien con él”, señaló.
Parodi hizo una breve reseña del recorrido científico de Wolosiuk: empezó a trabajar con Emanuel Levin en la Facultad de Farmacia y Bioquímica, hasta que en el año 1966 los echaron por cuestiones políticas y debieron seguir investigando en el Hospital Israelita. De la mano del reconocido químico Horacio Pontis, se fue a Bariloche para hacer con él su doctorado en la Fundación Bariloche, y más adelante viajó a Berkeley (EE.UU) para su posdoctorado. Volvió en 1968, año en el que se sumó a la entonces Fundación Campomar (en 2000 cambia de nombre por el de Fundación Instituto Leloir). “Nos volvimos a encontrar”, rememoró Parodi. “Enseguida –continuó– despertó el respeto y el cariño de toda la comunidad. Respeto, porque era un investigador brillante, muy riguroso y original. Y cariño, porque era excelente persona, buenísima; era imposible no quererlo”.
Por su parte, Gonzalo de Prat Gay, jefe de nuestro Laboratorio de Estructura-Función e Ingeniería de Proteínas, recordó que, al inicio de su carrera, cuando terminó el curso que había que hacer en aquel entonces para poder incorporarse a nuestra Fundación, alguien le comentó que Wolosiuk era un muy buen investigador y estaba buscando alguien que supiera “pipetear”. No lo conocía y al enterarse de que trabajaba en temas de fotosíntesis, se desilusionó porque él se imaginaba investigando en áreas como neurobiología o cáncer, que estaban de moda entonces. “Algo me iluminó y creo que fue la mejor decisión que tomé en mi carrera”, dijo emocionado. Y continuó: “Entré a trabajar con él y estaba todo armado, todo planeado; me enseñó a diseñar, ejecutar, interpretar, presentar. Gracias a eso hice mi tesis rapidísimo y eso que yo en esa época no era un buen alumno”.
Tras recordarlo como “un tipo excepcional, correcto, honesto, siempre con una sonrisa”, que le decía que el quehacer científico es una profesión y no una tarea romántica –“lo resumía como 10% inspiración y 90% transpiración”-, un conmovido Prat Gay concluyó: “Creo que hay jefes y hay maestros y Ricardo fue mi maestro. A pesar de la emoción que tengo, esta es una celebración a la vida de un tipo distinto”.
Los hallazgos de Wolosiuk transformaron un paradigma tradicional de la biología vegetal, que consideraba que la fotosíntesis ocurría en dos etapas secuenciales pero mayormente independientes: una primera etapa que dependía directamente de la luz (llamada “fase lumínica”) y una segunda formada por la serie de reacciones químicas/enzimáticas que terminaban incorporando CO2 del aire en los hidratos de carbono o azúcares de las células vegetales (llamada “fase oscura”, porque en principio podía operar sin luz). Sin embargo, sus trabajos demostraron que hay una interrelación entre ambas fases. Descubrió el mecanismo por el cual la actividad de las enzimas en la “fase oscura” está regulada por la presencia de luz, por más que esas enzimas no tuvieran mecanismos directos para “verla”.
Cuando le llegó el turno de hablar, Cecilia Hertig, la primera tesista del laboratorio de Wolosiuk, aseguró: “Además de ser una excelente persona, fue un verdadero maestro. La forma en la que planificaba los experimentos, por ejemplo, a mí me hacía poner los pies en la tierra (…) Fue muy lindo compartir parte de su vida; ir a corregir la tesis a su casa en Flores, estar con su familia. Junto con esa familiaridad, estaba su rigurosidad como científico, que no se le perdía ni un instante”.
Mariana Stein, la segunda tesista del grupo, eligió poner el foco en cómo el rigor científico de "Wolo" la marcó para siempre. “Ese rigor de alguna manera también se vinculaba con su rectitud y fue un aprendizaje para toda la vida”. Y evocó una frase que le decía muy seguido: “Tenés que aprender a dialogar con el experimento”. “En mi caso, el 'Wolo' trasciende lo científico. Para mí fue como un padre que tuve cinco años en el laboratorio; fueron cinco años de una charla ininterrumpida, porque con él uno podía hablar de todo: de ciencia, de política, de libros, de cine, de música. Su laboratorio realmente era un lugar de cultura a lo grande”.
Hacia el final del homenaje, Jorge Daniele, ex representante de Asuntos Institucionales y Legales de nuestra Fundación, resaltó que pudo apreciar “el temple, la lucidez y el valor que supo tener en los momentos más difíciles que tuvo afrontar acá, cuando se nos presentó una situación que institucionalmente fue muy grave”. Tras resumir brevemente lo ocurrido, que incluyó una denuncia judicial, contó que todo se resolvió de manera favorable para la Fundación. “Va mi recuerdo hacia alguien singular, que tuvo unidad de pensamiento, de acción, de vida y creo que ese es el legado que le deja a su familia, más la admiración de todos los colegas”.