Nuestra directora fue incorporada a la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires
Durante el acto de incorporación de Angeles Zorreguieta, encabezado por el presidente de la institución, Mario J. Solari, el científico Luis Quesada Allué hizo la presentación de rigor. La investigadora, por su parte, brindó una conferencia titulada “Primas evolutivas: lo que una bacteria de las plantas me enseñó sobre un patógeno y viceversa”, donde dio cuenta de su recorrido científico en los últimos 40 años, luego de haber sido la última becaria doctoral de nuestro ex director y Premio Nobel Luis F. Leloir.
Durante un acto realizado en la sede de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires (ANCBA), en pleno barrio de Recoleta, la investigadora superior del CONICET y directora de nuestra Fundación, Angeles Zorreguieta, fue incorporada como académica titular de la sección “Medicina, Veterinaria y Ciencias afines” de esa institución interdisciplinaria. Fundada hace 90 años, también fueron miembros de la ANCBA figuras como nuestro mentor, el Premio Nobel Luis F. Leloir, el cardiólogo René Favaloro y los arquitectos Clorindo Testa y Mario R. Alvarez, entre muchas otras personalidades.
“La elección de Angeles siguió, como en todos los casos, un riguroso proceso de selección. Por reglamento, sólo podemos tener 35 miembros titulares y estos deben contar con una destacada actuación en la investigación científica o técnica, en tareas docentes, el ejercicio profesional o como difusores de conocimiento, y gozar de intachable honorabilidad”, señaló al inicio del acto Mario J. Solari, presidente de la ANCBA. Y aclaró que cada miembro ocupa un sitial que lleva el nombre de una personalidad ilustre, cuyo aporte fue importante para el conocimiento científico nacional. A Zorreguieta le corresponde, desde ahora, el del médico Mariano R. Castex. “Ser elegida académica es un orgullo, pero también conlleva una gran responsabilidad. No es un título nobiliario. Se espera que cada integrante contribuya al crecimiento de nuestra Academia”, añadió Solari, y le dio formalmente la bienvenida.
Luego de la entrega del diploma y la medalla que acreditan el nuevo rol de Zorreguieta, el entomólogo molecular Luis Quesada Allué fue el encargado de hacer la presentación para quienes seguían el acto en forma presencial o por videollamada. En primer lugar, resaltó que la actividad de la científica siempre fue intensa y estuvo repartida, simultáneamente, entre el CONICET, la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA y la antes denominada Fundación Campomar-actual Fundación Instituto Leloir, a la que ingresó en 1982, primero como doctoranda en el laboratorio del propio Leloir y, desde hace 22 años, como jefa del Laboratorio de Microbiología Molecular y Celular.
“Donde Angeles realmente ha desarrollado una tarea directiva excepcional fue en la Fundación Instituto Leloir, la cual dirige desde hace 9 años a la par de su propio laboratorio”, resaltó Quesada Allué. “Con gran admiración –continuó– debo comentarles una de las virtudes más destacadas de Zorreguieta como lideresa, muy poco frecuente en nuestros ambientes. Además de su conocido y extraordinario perfil bajo, en las instancias más complejas, y especialmente cuando se trata de mediar entre partes, ella exhibe un don: su gran carisma y enorme paciencia y habilidad para acercar posiciones, limar aristas y desactivar conflictos. Todo con especial suavidad, pero mostrando una gran autoridad. Una combinación rara. Su capacidad de liderazgo es descollante”.
Quesada Allué contó también que Zorreguieta produjo 77 publicaciones en revistas de primer nivel internacional y que dirigió 20 tesis. “Algo inusual en las llamadas ‘ciencias duras’ es que publicó ocho trabajos importantes antes de sumar los resultados a su tesis de doctorado. Más destacable aun –siguió– es que uno de ellos, muy citado, fue una absoluta primicia científica, pionera y clave en el tema: junto con Rodolfo Ugalde y Luis F Leloir demostró, por primera vez, la existencia en bacterias Rhizobiaceae de una proteína fundamental para la síntesis de los glucanos cíclicos, polímeros de glucosa que tienen un rol crucial en ciertas bacterias que son socias benéficas de las plantas, pero también determinantes en brucella, agente de la brucelosis, enfermedad que afecta a animales y seres humanos”, detalló. Y añadió que, además, “Angeles es reconocida internacionalmente” por otro trabajo, de 2006, donde se dejó en evidencia la participación de ciertas proteínas bacterianas para la formación de comunidades multiespecie o biofilms.
Un largo camino
Zorreguieta tituló la conferencia con la que aceptó su incorporación a la ANCBA “Primas evolutivas: lo que una bacteria de las plantas me enseñó sobre un patógeno y viceversa”, y en poco más de media hora resumió sus logros y su historia científica, desde que comenzó su trabajo con Leloir hasta la actualidad. Para eso, dividió su presentación en cuatro actos, que siempre estuvieron guiados por una misma pregunta: ¿Cómo construye y usa una bacteria su propia superficie, la llamada envoltura, y cómo es el ‘diálogo’ que establece desde allí con las plantas que infecta?
El primero acto lo situó a mediados de los ’80, en el marco de su tesis doctoral, cuando con Leloir y Ugalde buscaron entender cómo se produce y para qué sirve el llamado glucano cíclico que estaba presente en dos bacterias emparentadas pero con efectos biológicos completamente distintos: Agrobacterium, un patógeno de plantas que, en lugar de convivir en paz con ellas, las infecta y les transfiere parte de su propio ADN, lo que las lleva a fabricar un tumor que le sirve para conseguir nutrientes y alimentarse; y Rhizobium, patógeno que “negocia” con la planta y arma en la raíz un nódulo lleno de bacterias que la ayudan a fijar el nitrógeno del aire a cambio de un lugar para vivir.
“Lo primero que vimos es que ese anillo de azúcares era una pieza obligatoria del diálogo de las bacterias con la planta: sin él, Agrobacterium no puede infectar y Rhizobium no puede fijar el nitrógeno”, explicó Zorreguieta. Y añadió: “Descubrimos que detrás de la fabricación de ese polisacárido de azúcares hay una sola molécula, una proteína que llamamos P235”.
El segundo acto transcurrió durante los cuatro años que vivió en Inglaterra, a fines de los ’90, donde realizó su posdoctorado dirigida por Allan Downie, en el Centro John Innes, de Norwich. Ahí nacieron otras preguntas que la llevaron a convertirse, ya de vuelta en Buenos Aires, en una experta en biofilms, esto es, comunidades organizadas de microorganismos –en este caso bacterias– que se adhieren a una superficie donde permanecen envueltos en una matriz protectora producida por ellos mismos: ¿cómo “hablan” las bacterias entre sí y cómo saben cuántas son o el poder que tienen?
Pudo empezar a responder eso ya como líder de su propio laboratorio –el 204– en nuestra Fundación. Esto dio lugar al tercer acto de su presentación, porque explicó que aquí comenzó a profundizar sus estudios sobre la formación de esos biofilms y el rol de unas proteínas “pegamento”, pertenecientes a la familia Rap, que pudo empezar a caracterizar.
“Paralelamente, nos zambullimos en un segundo camino de investigación y saltamos a brucella, una ‘prima’ evolutiva peligrosa, que pertenece a la misma gran familia que Rhizobium y Agrobacterium”, señaló Zorreguieta. “Nunca se había podido contestar cómo interactúa brucella con la célula que va a invadir”, enfatizó. Y contó que en el camino por entender qué proteínas de superficie podían funcionar como un “velcro molecular”, cómo ocurre el primer paso en la infección, encontraron una proteína llamada MapB, que está pegada a la membrana interna y actúa como un puente hacia la externa. “Sin MapB, la bacteria queda mucho más frágil; se rompe o se deforma. MapB cumple una función crítica en el armado de la envoltura”, explicó.
Así llegó al presente y a la hipótesis que guía hoy parte del trabajo de su laboratorio: MapB no es una pieza exclusiva de una bacteria, sino que es algo ancestral, que comparte toda la familia de estas “primas”.
Antes de terminar, Zorreguieta agradeció a todos sus colaboradores en estos años e hizo una mención especial a sus mentores. “Al ‘Dire’, que me dio la oportunidad de entrar a su laboratorio, primero como estudiante y después para hacer el doctorado. Le debo mucho a Leloir; me dejó una impronta muy importante en la manera de encarar los problemas”, resaltó. A Rodolfo Ugalde, su codirector de tesis, lo describió como una persona brillante y entusiasta, y de Allan Downie, su mentor de Inglaterra, dijo que fue quien le permitió lograr una visión más genetista, molecular, en todos los proyectos.
Por último, le dedicó un lugar especial a sus tres hijos, Sebastián, Facundo y Ana, a quienes definió como su “cable a tierra”: “Gracias a ellos, porque me permitieron poder combinar mi vida académica con mi vida familiar sin problemas; eran muy chiquitos cuando me doctoré y viajamos a Inglaterra. Siempre fueron muy comprensivos y generosos y hoy, ya de adultos, son un gran apoyo para mí”.