Biblioteca Cardini

Fundación Instituto Leloir

Roberto J. Staneloni - Ministro de la Biblioteca CardiniLeloir, Cardini y la Biblioteca que Yo Conocí

Dr. Roberto J. Staneloni

En el año 1947, en la calle Julián Álvarez, junto con la creación del Instituto de Investigaciones Bioquímicas Fundación Campomar, en una pequeña habitación, nació su Biblioteca. Ella fue testigo de la honestidad y trabajo de dos extraordinarios investigadores científicos argentinos Luis F. Leloir y Carlos Eugenio Cardini.

La Biblioteca tiene origen en la colección de libros y revistas de Leloir, posteriormente contribuyeron a su enriquecimiento otros investigadores del Instituto. Leloir, con sus propios fondos, fue quien se encargó de comprar y abonar las colecciones de revistas y libros hasta su fallecimiento. A Cardini le tocó una tarea más anegada, fue el Director de la Biblioteca. Cardini amó a la Biblioteca, le dio su impronta, la ordenó y determinó las condiciones de su funcionamiento. Solo la dejó por un periodo de 8 años (1938-1946) cuando fue Profesor en la Universidad de Tucumán.

En año 1958 el Instituto de Investigaciones Bioquímicas Fundación Campomar se trasladó al edificio ubicado en la esquina de las calles Obligado y Monroe. La Biblioteca, que pasó a ocupar el salón principal, el más amplio del primer piso del edificio, se especializó fundamentalmente en revistas y libros de Bioquímica. En la planta baja del edificio funcionaba la Biblioteca del Instituto de Biología y Medicina Experimental (IBYME), la cual tenía una excelente colección de revistas de Medicina y Fisiología. Ambas Bibliotecas eran complementarias, el intercambio entre ellas era muy fluido, no había restricciones entre los dos Institutos.

En la entrada de la Biblioteca había un escritorio ocupado por la Secretaria del Instituto, un cuaderno donde se anotaban las revistas que se retiraban, fecha y nombre del usuario. También se encontraba en el lugar un pequeño cajoncito donde en una serie de tarjetas se anotaba las revistas que ingresaban a la Biblioteca. Luego venían una serie de estantes de madera donde se almacenaban las revistas por colecciones. Al final, sobre la propia esquina, había un espacio libre con una serie de diversas mesas en paralelo para uso de los lectores, y unos estantes con las revistas recién llegadas adosados a la pared.

La Biblioteca era el lugar importante del Instituto, en ella se desarrollaba su actividad intelectual. En el espacio donde estaban las mesas de lectura tenían lugar los seminarios, las reuniones diarias eran entre las 13 a 14 horas. El Instituto tenía unos 30 investigadores, entraban con lo justo en la biblioteca, la asistencia era casi perfecta, se discutía todo, desde trabajos bibliográficos hasta el trabajo personal de cada uno de los investigadores. Las discusiones eran ardorosas, se jugaba en ellas la capacidad intelectual y el conocimiento de cada uno, había que salir airoso del seminario para ser reconocido como investigador. Ahí Leloir reinaba por su capacidad intelectual e intuición, era el Director del Instituto en su máxima expresión, si le interesaba el tema y no dormitaba sus sugerencias eran un deleite. En esa Biblioteca austera, de paredes sin pintar, descascaradas, de sillas reparadas con alambres, bajo la batuta de Leloir, la dedicación y trabajo de un grupo de científicos del Instituto y de otros laboratorios de la ciudad se crearon las bases de las Ciencias Bioquímicas en la Argentina.

En la Biblioteca también ocurrían hechos agradables y graciosos. Luego del Premio Nobel de Leloir en el año 1970 el Instituto pasó a ser visitado por personalidades de nuestro medio. Cada vez que venía alguna visita para su almuerzo Leloir les ofrecía un sándwich de pan francés, jamón y queso. En una ocasión la visita era el Intendente de Buenos Aires, llegó, todo bien, pero se negó a comer el sándwich. Luego de la visita el Intendente dejo el Instituto, cruzó la calle y se fue a comer al bar de enfrente, el del “Gallego”, lugar donde Leloir hacia comprar el sándwich para las visitas. Era difícil acostumbrar a Leloir a otros gastos que no fueran para el laboratorio, durante años había llevado la contabilidad del Instituto en una pequeña libreta negra y le costaba registrar gastos extras, no iba a cambiar tan fácil.

El Instituto tenía un sistema llamado de Ministerios, cada investigador tenía a cargo una función comunitaria. Había un Ministerio de Emergencias e Incendios, el Ministro a la hora del almuerzo decidió mostrar cómo se accionaba el matafuego en un caso de emergencia. Extrajo la clavija de seguridad del matafuego y abrió su llave. Ante el estupor de todos no pudo cerrar la llave nuevamente, todo el contenido del matafuegos fue vertido en la Biblioteca. El ambiente de la Biblioteca pasó a ser irrespirable, tanto los investigadores, su comida, los libros de la Biblioteca adquirieron una transformación fantasmal, todos cubiertos por una pasta grasosa de color blanco difícil de limpiar. Era el periodo de la ciencia romántica, Cardini durante meses organizó brigadas de cinco investigadores por turnos para que fueran removiendo y limpiando los libros y estantes de la Biblioteca. Las demostraciones de los Ministros se suspendieron hasta nuevo aviso.

En el año 1958 el Instituto firmó un convenio con la UBA por el cual se creó el Instituto de Investigaciones Bioquímicas de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, el convenio resultó muy beneficioso para ambas partes, la Facultad se aseguraba buenos docentes para sus alumnos y el Instituto obtenía cargos para poder retener sus investigadores científicos. Leloir y Cardini eran diferentes, Leloir vivía y trabajaba intensamente para crear experimentos, Cardini era un excelente investigador científico, pero necesitaba de la interacción con alumnos, sentía pasión por la docencia, por transmitir conocimiento, por despertar preguntas nuevas en sus alumnos, terminó siendo Director del Departamento de Química Biológicas de la Facultad Ciencias Exactas y Naturales.

En el año 1957 el Instituto pasaba por una difícil situación económica, su benefactor Jaime Campomar había fallecido. Como contraparte, la figura de Leloir crecía por el nivel de sus publicaciones y su laboratorio empezaba a ser leyenda por la austeridad de sus recursos. En ese año, cuando más lo necesitaba, le fue otorgado un Grant por el National Institute of Health (NIH) de USA, el Grant le fue renovado a Leloir por 13 años consecutivos hasta que en 1970 alcanzo el Premio Nobel de Química. El Instituto estaba salvado.

Con el premio Nobel vinieron los buenos tiempos y se decidió que el Instituto tendría que tener un nuevo edificio, el lugar elegido era frente al Parque Centenario. El edificio se construyó con la ayuda de toda la comunidad, fueron tantos los que trabajaron, que es imposible nombrarlos, el símbolo de ese todo fue Enrique Belocopitow, un ser humano extraordinario pleno de generosidad.

En el nuevo edificio la Biblioteca pasó a tener un ala del edificio, se trasladaron al lugar los mismos estantes de madera, libros, revistas de la Biblioteca de Obligado, el lugar era amplio, como para seguir creciendo. Cardini continuó como su Director hasta que falleció en el 1992, la Biblioteca no se podía separar de quien fue su fundador y la cuidó durante tantos años, pasó a llamarse “Biblioteca Carlos Eugenio Cardini”

Luego del fallecimiento de Cardini varios investigadores en diferentes períodos se hicieron cargo de la Biblioteca. Yo fui uno de ellos, creo que me fue bien, pero terminé renunciando por una cuestión de presupuesto. A fines de década del 90, Luis Ielpi, Director del Instituto, me ofreció nuevamente la Dirección de la Biblioteca, le dije que aceptaba a condición de que él me apoyara en los cambios que deseaba realizar, Luis me dijo que sí.

Una de las primeras medidas que se tomaron en la Biblioteca fue la actualizar las colecciones de revistas, no fue tarea fácil, además de cumplimentar las suscripciones de revistas, era necesario obtenerlas físicamente, el correo funcionaba pésimamente, las revistas se perdían, no llegaban al Instituto. Tenía que ir al correo Central y Retiro a tratar de obtener las revistas, cada tanto logramos que llegara una bolsa inmensa del correo repleta de revistas. Al final se resolvió abrir una casilla de correo, de manera que nosotros fuéramos a retirarlas al correo directamente.

Pese a todos los inconvenientes mencionados, la Biblioteca estaba floreciente, teníamos nuevos libros y el número de títulos de nuestra colección de revistas llegó a 160. En Bioquímica, la Biblioteca pasó a ser la más completa del país, el resto de las Bibliotecas sufrían los cambios, cada vez que había escasez de fondos se suprimían o dejaban de comprar colecciones de revistas, las colecciones estaban llenas de “agujeros” periodos sin recepción de publicaciones. Por suerte para ese tiempo ya teníamos en la Biblioteca una fotocopiadora lo que nos permitía abastecer los pedidos de las diversas Bibliotecas de nuestro territorio e incluso países vecinos. Era común recibir la visita de investigadores científicos del interior que venían a la Biblioteca por varios días seguidos a actualizar su bibliografía.

Entre todos los cambios que pensaba para la Biblioteca era hacerla electrónica. No sabía cómo hacerlo, terminé consultando a Nancy Gómez, la Directora de la Biblioteca de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, quien ya estaba haciendo la transformación de su Biblioteca. Ella me aconsejó, elaboramos un plan y en el año 2002 decidimos hacer un concurso para designar una bibliotecaria, la ganadora fue Mónica Pérez, la actual Directora de la Biblioteca.

Mónica Pérez cumplió en exceso nuestras expectativas, se animó hacer todos los cambios: renovó toda la infraestructura de la Biblioteca, cambio las estanterías de madera, los muebles, se hicieron nuevos boxes de estudio, y lo más importante: llegaron unas 10 a 12 computadoras para trabajar en la Biblioteca y conectar con los laboratorios. La Biblioteca pasó a ser online. Es indudable que todo se pudo llevar a cabo por el apoyo sin restricciones de Luis Ielpi. Con el tiempo el Ministerio de Ciencia y Técnica comenzó a realizar la suscripción de “paquetes” de colecciones de revistas online, la Biblioteca empezó a parecerse a lo que es ahora.

No se me escapa que además de Leloir y Cardini otros investigadores, entes oficiales y no oficiales colaboraron también en forma importante en el desarrollo del Instituto y en particular de la Biblioteca, la lista sería casi interminable. A ellos los elegí por lo fáciles de identificar, su generosidad excedía, Cardini donando su tiempo y amor por los libros, Leloir pagando suscripciones, donando al Instituto todos sus sueldos de Profesor y Premios, dos generosos, insaciables de conocimiento.

En el año 2001 se cambió el nombre del Instituto, del querido “Fundación Campomar” pasó a llamarse “Fundación Instituto Leloir”, no había otra opción, Leloir estaba presente en todos los rincones de su Instituto.

Estas breves reflexiones sobre nuestra Biblioteca las he hecho resaltando las figuras de dos científicos intachables Cardini y Leloir. Cada uno a su manera, a su forma de ser, uno más religioso, el otro menos pero los dos enamorados de lo que hacían. Sus nombres asociados al Instituto son la mejor insignia que un Centro de Investigación Científica pueda tener.